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Violet Design. Micrófonos desde el este del edén.

Ya hace tiempo que estamos acostumbrados a que nos lleguen, desde países con economías emergentes, productos que intentan competir en un mercado ya de por sí saturado, con unos argumentos de ventas más cercanos a la calidad/precio (o directamente al precio) que a la innovación (o a la calidad en términos absolutos). Para conseguir su propósito, además, suelen hacerlo desde una aproximación al producto que en muchos casos roza lo que sin tapujos podríamos llamar de otra manera, pero que por mantener las formas llamaré "inspiración" a partir de productos con muchos años de ingeniería a sus espaldas y una calidad y reputación contrastadas.

Entre todos los productos de los que se está llenando de "clones" el mercado, más o menos afortunados, se encuentran, como no, los micrófonos. No podemos negar la excelente relación calidad/precio de muchos de ellos, aunque en algunos casos se deba más a lo bajo del precio que a lo alto de la calidad. Además, el precio es tan competitivo no sólo por costes de fabricación… no han tenido que invertir ni un euro en I+D+I. Y es justo reconocerlo desde estas páginas, ya que no en vano esta revista incluye la palabra "profesional" en su nombre comercial.

No es el caso del fabricante que nos ocupa, ni de los micrófonos que vamos a analizar. En realidad VIOLET DESIGN es una compañía afincada en Letonia que diseña y fabrica micrófonos de alta calidad de la mano de todo un nombre en el sector, Juris Zarins, responsable a su vez de otra compañía de micrófonos, la JZ RECORDING EQUIPMENT. Este ingeniero es responsable de algunos de los más exitosos productos que ha sacado al mercado la prestigiosa firma BLUE. No es de extrañar, pues, el notable parecido en cuanto a diseño formal.

Esta compañía hace gala de un tremendo know-how, que se demuestra en el hecho de no solamente fabricar buenos micrófonos, sino de restaurar micrófonos vintage, entre los que se incluyen los más apreciados y cotizados de la historia (ELAM251, U47, M49, por ejemplo) hasta dejarlos en perfecto estado de uso (incluyendo la sustitución de partes originales, si fuera necesario). En resumen, una compañía que viene del este, con unos precios competitivos, y que a sus productos les da un singular toque estético y un innegable valor añadido en cuanto a ingeniería.

The Flamingo Standard
Se trata del buque insignia de la firma. Un micrófono de condensador (electrostático) de diafragma dual de gran tamaño a válvula. Es un micrófono de generosas dimensiones y con un diseño muy particular, propio del estilo al que nos tiene acostumbrado el señor Zarins, en forma de botella y con el diafragma encapsulado en una especie de esfera separada del cuerpo por una angosta estrangulación.

La sensación que da al tomarlo es de rigidez, por el peso que tiene, y de fragilidad, por el tacto del material externo. Sé que no se puede ser menos concreto, pero es exactamente la sensación que se percibe al sostenerlo por primera vez.

Externamente sorprende también la inclusión de una primera etapa de aislamiento a las vibraciones, ya que incorpora un curioso sistema en la base, con dos aros sujetos entre ellos por 3 silent-blocks. En uno de ellos se engarza la fijación para el pie de micro y el otro es solidario con el cuerpo del micrófono. La verdad es que sigue siendo necesario el soporte anti-vibraciones opcional, para evitar los ruidos de baja frecuencia que se podrían colar en grabaciones en las que, por la sensibilidad de la fuente grabada, la ganancia aplicada sea notable. En este punto merece la pena comentar que el cable que comunica (y alimenta) al micrófono (una especie de canon multi-pin) y que viene de la fuente de alimentación es muy rígido y que si no se va con cuidado, él mismo puede ser transmisor de las vibraciones que se generen en el suelo.
En el interior del Flamingo se haya el circuito pre-amplificador de clase-A, completamente discreto y que incluye una válvula del tipo 6267, todas ellas probadas y escogidas de entre las fabricadas. La válvula se monta en el interior de un disipador de calor sobre un soporte anti-choques interno. El micrófono no incorpora la posibilidad de ajustar ningún parámetro. Presenta un diagrama polar de tipo cardióide, sin la posibilidad de modificar su SPL, que se sitúa en 134 dB y sin la presencia de un filtro de recorte de graves. Y la verdad, como explicaré en las pruebas, ni falta que le hace.

El micrófono es alimentado por una unidad externa, de tamaño pequeño, para nada aparatoso, que en el frontal consta de un conector para el multi-pin del micrófono, un led que cambia de color indicando cuando el micrófono está recibiendo el voltaje de funcionamiento, un LCD que marca precisamente el valor del voltaje en cada momento, y un interruptor de encendido de la unidad.

En el panel posterior encontramos un conector XLR macho para su conexión al previo o consola, y un conector IEC para la red eléctrica. Cuando se conecta la unidad envía una tensión baja, que se mantiene así hasta que la válvula ha adquirido su temperatura de funcionamiento, momento en el que el voltaje empieza a subir hasta llegar a su valor de trabajo. Hasta ese momento la salida de audio hacia nuestro sistema de grabación se mantiene silenciada, evitando los peligrosos ruidos súbitos que podrían dañarlo.

El Flamingo se presenta en varias versiones: la Standard, que es la probada, la Vintage, con cambios en el exterior y en la curva de respuesta en frecuencia (simulando el comportamiento de micrófonos antiguos) y el ME (con la cápsula "MAGIC EAR"). Se trata de una evolución de la capsula, en forma de oreja humana, que casi duplica el área activa del diafragma, incrementado así la naturalidad de la captación del sonido y la sensibilidad. Opcionalmente se pueden adquirir una pantalla anti-pop metálica y un suspensor anti-vibraciones.

The Dolly DLX y The Black Knight
Estamos ante dos micrófonos de características muy similares (sólo con ver las especificaciones técnicas casi idénticas ya se intuye) pero pensados para distintos ambientes de trabajo.

El Dolly es un micrófono diseñado para aplicaciones profesionales de estudio. De especto muy similar al Little Bottle de la firma BLUE (con la que parece ser que mantienen algún tipo de litigio por la paternidad de las patentes), se basa en un gran diafragma dual de película de Mylar de 6 micras, que provee un rápido comportamiento frente a transitorios, a la vez que una respuesta ampliada en bajas frecuencias y una mínima coloración del sonido. Su patrón polar es cardióide, y la esfera metálica que envuelve a la cápsula con trama de parrilla está diseñada para actuar como filtro acústico, con la intención de reducir los sonidos explosivos, los pops y ruidos de aire y, fundamentalmente, minimizar las resonancias internas. El pre-amplificador es de clase-A con circuitería discreta sin transformador, con un SPL máximo de 133,5 dB y ruido propio realmente bajo (5,5 dB ponderación A).

Como el Flamingo, el Dolly no presenta ningún ajuste posible, ni en cuanto a patrón, ni a atenuación, ni a roll-off de graves. La construcción es sólida, aunque adolece de la misma sensación (a otra escala) que su hermano mayor. También son opcionales el filtro anti-pop y el suspensor anti-vibraciones.

El Black Knight es un micrófono para aplicaciones home estudio de construcción, aparentemente, más robusta y menos sofisticada, con la particularidad de que el receptáculo que contiene la cápsula no es esférico sino cilíndrico y que, además, tiene un cierto grado de movimiento. Esto permite, según el fabricante, que se pueda ajustar la orientación del micrófono sin necesidad de mover el pie, algo que siempre es menos preciso. Aunque muy parecidos en cuanto a especificaciones técnicas, ignoro si comparten cápsula y/o electrónica. Primero porque el precio de uno es el doble que el otro, y segundo porque difieren en la sensibilidad (de 26 a 33 mV/Pa) y eso da a pensar en cambio de componentes. Tampoco presenta posibilidad de ajuste alguno y comparte con el Dolly el SPL máximo.

A prueba
Empezaré por despachar a los más modestos, no por no ser interesantes, sino por las ganas que tengo de hablar del Flamingo. Para empezar diré que ambos micros, el Dolly y el Black Knight, sonaron muy bien, realmente muy bien. Se apreciaron muy pocas diferencias entre ellos y, por comparación, les sacaron los colores a micros de mayor precio sin la necesidad de "tirar" de ajustes. Sólo en situaciones concretas uno echaría de menos un roll-off o una atenuación (en el primer caso siempre se puede hacer desde el previo).

Aunque se trata de unos micros multiuso y pueden ser usados para cualquier tarea con resultados más que decentes, es especialmente el "Caballero Negro" un verdadero todo-terreno, ya que en un estudio doméstico no ha sitio (léase dinero) para demasiados micros. En el caso del Dolly, a mi parecer mucho mejor equilibrado en los extremos del espectro, con más bajos y mejores agudos (un brillo realmente agradable), el propietario del estudio debería plantearse la adquisición de un micrófono más adecuado para la captación vocal, para esas tomas que acaban de definir el resultado de un álbum. Las de la voz.

Y aquí es donde entra en juego el Flamingo. Soberbio. Sencillamente soberbio. Un micrófono de los que le hacen a uno girar la cabeza al entrar en una sala de control en mitad de una grabación (como así pasó durante las pruebas). En esta ocasión, probé el micrófono con las voces de mi amigo Ramón Solé, cantante y guitarra de Hèrzia, y Malva, con quien grabaré en breve bajo, la producción de Miqui Puig. Impresionante, a años luz de la mayoría de micrófonos que he tenido el gusto de probar. Profundo, cálido, claro, sedoso, con una capacidad de absorber lo que le echen asombrosa. Con un comportamiento ante los transitorios perfecto. En ocasiones, daba la sensación de que se comportaba como una oreja humana, comprimiendo sutilmente las cosas, cuando hacia falta, sin llegar a achatar el sonido, ni permitir al mismo tiempo que el sonido saliera de su margen de actuación.

Probé también una guitarra española tocada por mí (el también colaborador y maestro Ramon Sendra se puso a los mandos) con dos conclusiones claras. La primera es que el micrófono es sencillamente espectacular y este micro, o uno análogo, debería formar parte del pool de micrófonos de cualquier estudio que se precie. Y la segunda, y más dolorosa, es que la prueba me ha recordado por qué estoy en este lado de la mesa.

 

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