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Ser técnico de sonido de directo

  • Publicado en Didáctica directo

Cuando alguien decide hacerse médico sabe perfectamente qué estudios cursar e, incluso, cuál será su periplo antes de ser ese cirujano al que aspira. Pero ¿qué pasa cuando uno quiere ser técnico de sonido de directo? Aún siendo una profesión muy vocacional, existe una importante laguna en cuanto a estudios y, sobre todo, titulaciones. De hecho, es de los pocos trabajos que no tienen un título oficial único y de los que tampoco hay ningún plan de estudios, que yo sepa, más o menos completo.

Sí, en cambio, hay carreras universitarias que ayudan bastante en cuanto a conocimientos de las tareas de este tipo de profesionales, desde la ingeniería de telecomunicaciones, pasando por la especialidad de sonido de la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya), entre otros más. Incluso hay varias escuelas privadas que ofrecen un plan de estudios para técnicos de radiodifusión o estudio. Si existiera alguna carrera, daría por hecho que el 75 % del tiempo se tendría que dedicar a “hacer bolos”. Pero, ¿qué significa ser técnico de sonido de directo?

Una profesión vocacional
Ser “técnico de sonido” (y ahora me centro en aquella persona que está detrás de la mesa durante el concierto y va con el grupo) es tan fácil como decirlo. Al no existir una titulación, todo se basa, principalmente, en la experiencia y confianza. Un grupo de música elije a un técnico no sólo por su capacidad laboral ante la mesa, sino por todo un séquito de varias cosas más, que van desde su rapidez de reacción ante problemas técnicos, capacidad de escucha musical (lo que convierte, algunas veces, al técnico de sonido, además, en productor musical de directo) o su habilidad para utilizar, con la máxima fiabilidad, cualquier equipo montado. De hecho, el técnico tiene no sólo la responsabilidad de procesar y mezclar todos los sonidos de la banda en un sonido estéreo de calidad, sino de adaptar esos sonidos al estilo que exija el grupo. Pero ¿cómo se llega aquí?

La mayoría de las veces es el grupo quien decide quién estará detrás de la mesa. Lo suele hacer, o bien porque sabe perfectamente qué sonido quiere y busca a un profesional que cumpla con sus exigencias o, simplemente, porque quieren a alguien de confianza. ¿Cómo lo encuentran? La mayoría de veces, de bolo.

Para estar detrás de una mesa es imprescindible dominar, a la perfección, todas las etapas anteriores. Uno debe saber cómo se monta un equipo, dominar algunos de los aspectos básicos en acústica y, no menos importante, tener la experiencia necesaria para sacar el máximo provecho a todas las herramientas que uno tiene a su alcance.

La teoría, totalmente necesaria, es fácil de aprender. Muchos somos los que, por curiosidad y profesionalidad, hemos devorado, literalmente, decenas de libros que nos ayudaran a entender el porqué de las cosas. Se genera una duda, se convierte en pregunta y se busca la respuesta. Sabíamos que un compresor nos permite controlar bastante bien la dinámica de una fuente sonora, pero sólo estudiando (leyendo) uno llega a entender el significado de todos y cada uno de los botones y potenciómetros de un compresor. Cuando se une conocimiento con experiencia el resultado incluso suele mejorar notablemente.

Hay veces (muchas) que cuando estás detrás de una mesa aparece alguien que te pregunta si realmente sabes para qué sirven todos esos botones. Los que estamos habituados a ellas sabemos que aprendiendo la “vertical” se domina la “horizontal”. Así, nos podemos dar cuenta de que, en realidad, la teoría es muy fácil de entender y memorizar. Como con la mesa, igual pasa con el resto de aparatos: procesadores de dinámica, efectos, divisores, etc. Pero lo que es imposible de estudiar (aunque ello ayuda) y sólo depende de la experiencia es saber manejar todas esas variables para conseguir lo que uno desea (que no es lo mismo que tener la suerte de que “suene a algo”). Libros y tiempo, mucho tiempo. Muchos bolos.

Paso a paso
Hay tantos casos como protagonistas. Hay técnicos de sonido que han saltado del escenario a la mesa (de músico a técnico), otros que estaban en la consola de un estudio y, de pronto, se han visto en una de directo. Pero lo más habitual es empezar desde cero, o casi cero. Se suele empezar como autónomo o en plantilla en una empresa de sonorización, casi siempre cargando y descargando camiones o furgonetas. Poco a poco, y en correspondencia a esas ansias de saber, uno aprende, literalmente, el oficio. Se puede empezar con un pequeño discurso, luego una banda de rock del barrio, una orquesta, etc. Con el tiempo los retos se convierten en algo habitual, pasando de la histeria al “saber hacer”. Pasan los días y uno se da cuenta de que es el que más mesa toca, aún cuando sigue trabajando en una empresa y no para un grupo. Es habitual que muchas bandas todavía no tengan su propio técnico, básicamente porque no disponen de presupuesto (a veces es nulo), y deben ser los propios técnicos montadores los que, además, lleven la mesa. Esta es, seguramente, la mejor escuela.

De golpe, uno se encuentra llamadas al móvil de grupos que conocía o ha conocido y que le piden, por favor, si les puede acompañar de gira, o hacer algunos bolos. El salto cualitativo es evidente, pero también la responsabilidad.

Producción técnico/musical
Cuando uno acompaña a un grupo en su día a día como técnico de sonido se le exige más que cuando sólo está detrás de la mesa temporalmente. El técnico se convierte en uno más de la banda, al mismo nivel, por decirlo de alguna manera, que cualquiera de los músicos que están encima del escenario. Su nivel de responsabilidad es superior (por eso ahora cobra más) y no puede cometer errores. Pero el técnico, además, ejerce varias funciones que pocas veces se especifican. Para empezar, se convierte en la última palabra del grupo: todos tocan, él “interpreta” las señales y de ahí sale la “música”. Su trabajo ahora no es sólo hacer entendible lo que los músicos interpretan, sino otorgar sentido y personalidad a ese sonido general. Debe conocerse como cualquier otro músico el repertorio de arriba abajo, haber discutido con el líder de la banda (o productor musical de turno) el sonido que quiere para cada tema o sección. Saber buscar los mejores efectos de sonido (a veces, incluso, saber prescindir de ellos), la compresión o expansión ideal para ese momento, el tiempo de “delay” acorde al compás musical…

A cambio uno también recibe la satisfacción de poder trabajar continuamente en un proyecto donde puede aportar toda su experiencia y saber hacer en su plenitud. Normalmente, a los pocos bolos de la gira, el técnico ya sabe anticiparse a los músicos y “regalar” a los asistentes auténticas perlas sonoras. Y, normalmente, nadie suele darse cuenta de ello, y es que la mejor crítica que un técnico puede recibir es, justamente, el silencio, sobre todo cuando lo habitual es la crítica negativa.

Entre sus labores está verificar que el equipo que está a su disposición está perfectamente instalado: colocación de las cajas, situación de FOH, equipos pedidos, etc. Todo esto suele especificarse de antemano en lo que llamamos “rider técnico”, una hoja de trabajo que se envía a la oficina de producción de turno para que sepa nuestras necesidades técnicas. En él hay la mala costumbre de exigir (qué bonito sería pedir) todos los requerimientos en cuanto a microfonía, distribución de los músicos en el escenario, marcas de los equipos, etc. También es tarea del técnico elaborar este rider, en cuanto a que él será quien tenga que utilizarlo durante el bolo. Leyendo algunos de los centenares que me han llegado a mis manos nos podemos dar cuenta de que, a veces, la exageración se hace patente como nota dominante. Otros, en cambio, denotan la clara profesionalidad del técnico de turno, pidiendo material de calidad pero acorde a las posibilidades de cualquier empresa de sonido convencional.

Es esencial que el técnico empiece su labor verificando el rendimiento del equipo, pasando por la verificación de la colocación de los micrófonos en los instrumentos (y no por desconfianza, sino para conseguir el mejor sonido de las fuentes) y dedicarse de lleno no sólo a que por PA el sonido sea de calidad sino, en el caso de que no viaje un técnico de monitores con el grupo, asegurarse de que los músicos están cómodos en el escenario con el monitoraje. Durante el concierto se deja a un lado el trabajo de técnico para adentrarse en el de la producción.

¿Puede un técnico vivir de esto?

Evidentemente sí. Y no sólo los técnicos que van con el grupo, sino de cualquier tipo. Incluso el que sólo se dedica a montar equipos puede encontrar empresas que le ofrezcan trabajo casi todos los días de la semana. Eso sí, todos tienen que ser conscientes de algunas cosas tan básicas como reconocer que, durante muchos días, mientras todo el mundo está de fiesta, uno está trabajando; o que los horarios “comerciales” están poco pensados para nosotros: dormimos de día, trabajamos de noche.

Aún así, no es difícil saber compaginar una vida “normal”, con la de técnico. Con un poco de esfuerzo es posible mantener relaciones personales y de amistad con gente “normal”, a cambio de saberse organizar mejor.

Y en cuanto a sueldos aquí funciona lo de que cuando uno es mejor, más cobra. Evidentemente, quien paga siempre buscará el precio más bajo, pero si uno vale (y esto sólo se demuestra con el día a día) fácilmente obtendrá unas rentas muy buenas.

Conclusión
Animo desde estas líneas a todos aquellos que quieran ser técnicos a “luchar”. Sí, esta palabra suena un poco dura, pero los técnicos de sonido (todos) hemos tenido que lidiar (y todavía lo hacemos) contra muchas barreras invisibles, pero todas ellas franqueables. El esfuerzo se ve recompensado, tarde o temprano, con nuevos retos, más dinero y mejores trabajos. Incluso aquellos que, sin ser verdaderamente técnicos, ejercen como tales y con sueldos increíbles, tarde o temprano (más bien temprano) son colocados por alguien en su sitio natural: pierden el trabajo.

Aquel que se esfuerza y da lo máximo de sí día a día obtiene resultados a las mínimas de cambio. Ser técnico de sonido de directo es una experiencia increíble para muchos, eso sí, muy dura, pero reconfortante. No hay nada mejor que ver a 100, 1.000 ó 10.000 personas disfrutando de un concierto y reconocer que, detrás de todo ello está una banda de música, un equipo de sonido, un equipo de profesionales a cuál más importante y, al final de la cadena, tú.

 

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